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Pasando tiempo, juntos

Por Samuel Aoake Austin, traducido por Gibrán Gómez

Al llegar a Tenango de Doria, un pueblito enclavado en las montañas de Hidalgo, a unas horas al noreste de la Ciudad de México, sentí como si de alguna manera me hubiera acercado un poco más a casa. En realidad, mi whare (casa) me quedaba ahora a dos trayectos en auto de 3 horas cada uno y un vuelo de 15 horas, pero este hecho sólido e inexorable parecía suavizarse mientras nos adentrábamos en Tenango. Pero, ¿por qué? ¿Por qué me siento más cerca de casa? ¿Por qué la nostalgia que me ha acompañado estos últimos meses, como una piedrita en el zapato, de repente se aquietó?

Soy un chico indígena de Aotearoa (Nueva Zelanda). Soy Māori. Y yo, como muchas personas indígenas hoy en día, tengo una relación compleja con esta parte de mi identidad. Probablemente ya sepan por qué. Si no, lo resumo rápido: ser indígena de sangre, pero haber crecido alejado del idioma y las prácticas culturales (gracias, colonización) y muchas veces rodeado de retórica racista (gracias, medios de comunicación), me ha hecho sentir a menudo como un impostor en los espacios Māori y con miedo de afirmar que soy indígena en absoluto. Ko faux Māori ahau (soy un falso Māori).

Este reto es mucho menor ahora que hace 5 años, pero sigue ahí. Aparece en mi incomodidad cuando estoy en el Marae (un espacio comunal para los Māori) o cuando pienso en lo poco que he convivido con mi iwi y hapū (mi tribu). Pero ya no me impide entrar a los espacios indígenas. Estoy agradecido y seguro de mi identidad como Māori, y más aún, entiendo que, a pesar del distanciamiento lingüístico, esta parte de mí es crucial para la forma en que navego el mundo. Define una parte importante de quién soy y me ha dejado un sistema de valores claro y profundo que no podría sacudirme aunque lo intentara.

He pasado los últimos años trabajando en desarrollo indígena, sobre todo en políticas de salud pública para el gobierno de Nueva Zelanda. A lo largo de mi todavía corta carrera, he sido parte de respuestas de vanguardia a emergencias internacionales de salud, he viajado por todo el país para trabajar con distintas comunidades y expertos, y he tenido el privilegio de aprender junto a algunas de las mentes indígenas más brillantes; en la mayoría de los casos, mujeres. Siempre me han enseñado que trabajar en espacios indígenas significa trabajar de cerca con las comunidades a las que servimos. Nada sobre nosotras, sin nosotras. Y estoy aquí en Tenango para hacer justamente esto.

Viajo con un cosquilleo de emoción tranquila, acomodado en el asiento trasero entre útiles y equipo. Gis y Jorge van al frente. El pueblo de concreto descansa a la sombra de cerros imponentes salpicados de cascadas diminutas. Llegamos a un espacio de grava que quizá sea estacionamiento, aunque está lleno de herramientas y restos de construcción que me recuerdan a mi papá carpintero. Allá arriba, dos hombres de mediana edad (ambos en mezclilla y uno con sombrero vaquero) trabajan. La obra es clásicamente mexicana: quizá no pasaría las normas de seguridad en Nueva Zelanda, pero aquí parece funcionar a la perfección.

Más allá del lote de grava, subimos unas escaleras y llegamos a nuestro alojamiento: una casa color naranja brillante de unas tres habitaciones, construida en cemento. Hay un pequeño patio descuidado al frente donde crecen enredaderas de jitomate sorprendentemente salvajes (que pronto serían tristemente cortadas). Frente al patio está un baño con un inodoro que quizá no jale y una regadera que definitivamente no se pondrá caliente. PSYDEH, la organización con la que estoy haciendo mi pasantía, ha rentado este refugio desde hace algunos años. Sirve como centro de trabajo aquí en Tenango y como hospedaje para el equipo que viene de fuera. Ya nos esperaban en la casa Les y Gibrán. Habían empezado a barrer, trapear, acomodar camas, planear los días que venían. Pronto aprendería que este equipo rebosa iniciativa y ética de trabajo.

Antes de seguir, debo explicar un poco sobre PSYDEH. PSYDEH es una organización local de la sociedad civil que apoya a mujeres rurales e indígenas (que prefieren el término “originarias” para ser referidas) de comunidades otomíes, tepehuas y náhuatl en el estado de Hidalgo. Desarrolla programas de base que enfrentan algunos de los retos más grandes que viven sus socias: aislamiento tecnológico, participación ciudadana y el impacto continuo de la discriminación de género. Estaré colaborando con la organización por algunos meses, y esta reunión en Tenango marcó la primera vez que conocí al equipo en persona.

Estamos ahí para apoyar el desarrollo del 9º Encuentro Regional de Mujeres Originarias y Rurales de PSYDEH. Un evento anual, que es ya una tradición, que reúne a las mujeres socias de la Red Sierra Madre de Cooperativas PSYDEH  y a sus comunidades. Los objetivos específicos del Encuentro cambian cada año. En esta edición, el tema central es “El Cuidado” y el derecho de las socias a cuidar y ser cuidadas en todas sus formas (pueden conocer más sobre el Encuentro y su agenda aquí). El evento también permite celebrar los avances desde el último Encuentro y acordar una nueva Declaración: una dirección compartida para el próximo año. Pero, como suele suceder en nuestros wānanga (encuentros) en Aotearoa, el día ofreció mucho más que un simple documento.

Iniciamos temprano el 6 de septiembre, un día después del Día Internacional de la Mujer Indígena, en el nuevo Centro Cultural Regional en el centro de Tenango. La jornada abrió con una ofrenda ceremonial llamada Tlalmanalli, guiada por Felicia Tlalacalco Martínez (mujer Nahua de Acaxochitlán, Hidalgo) y apoyada por Leslie Pérez (Coordinadora de la Iniciativa de Ruta Red Sierra Madre de PSYDEH). Las y los participantes fuimos invitados a respirar suavemente y estirarnos, a enraizarnos antes de empezar el día. La ceremonia también honró los cuatro rumbos—este, sur, oeste y norte—además del cielo arriba y la tierra abajo, reflejando influencias toltecas ancestrales del centro de México.

Me recordó a los waiata (cantos) y karakia (rezos) que anteceden casi todos los wānanga a los que he ido en Aotearoa. Donde todas y todos cantamos juntos, con armonías y vibrato, sin ensayo previo porque es una tradición que no necesita práctica. La verdad es que antes me parecían un poco… ridículos. Una buena dosis de racismo internalizado me había llevado a pensar que esos cantos y rezos eran simples sellos superficiales de “cultura” que teníamos que representar porque el sistema colonial así nos disfrazaba. Como si fuera nuestro truco de fiesta. Ahora me alegra estar lejos de esa creencia. Usar tradiciones antiguas en un contexto contemporáneo es algo maravilloso. Estos pequeños actos y rituales compartidos nos recuerdan nuestra singularidad. Nos invitan también a detenernos un momento. En un mundo centrado en la producción capitalista y el “siempre en chinga”, dedicar 5 minutos para agradecer a la tierra y el cielo o cantar al unísono es un pequeño acto de rebeldía necesario. Esto es quiénes somos, de dónde venimos y qué estamos protegiendo al estar aquí y hacer este trabajo.

Durante el día, las socias guiaron distintas conversaciones y reflexiones sobre su trabajo y experiencias desde el último año. La jornada concluyó con talleres en torno a las dimensiones del cuidado y las múltiples formas en que las socias lo viven y lo expresan. Finalmente, varias de ellas subieron al escenario para leer una Declaración, que es un acuerdo y demanda a las autoridades para el resto del presente año y el entrante: compartiendo sus demandas por un sistema que reconozca y respalde su derecho al cuidado. Demandas similares a las que hemos hecho para nuestras wāhine (mujeres) en Aotearoa en las últimas décadas. Demandas de acceso equitativo a una atención de calidad y consistente. Demandas de una verdadera rendición de cuentas por parte del sistema. Demandas de una reforma estructural que ponga al centro las necesidades y derechos de las mujeres originarias y rurales. La mujer más joven de las que subió al escenario a hacer lectura de esta Declaración, era apenas una adolescente, pero habló con la convicción de una kaumatua (anciana).

Creo que este momento —una joven mujer de pie entre su comunidad, con su voz fortalecida por la identidad colectiva— refleja la razón por la que realmente me importan este tipo de eventos. Son más que entregables y documentos. Ya sea un encuentro o un wānanga, nos permiten pasar tiempo juntas y juntos. Las socias conviven con otras socias. Las socias conviven con el equipo de PSYDEH. El equipo de PSYDEH convive entre sí. Disfrutamos el día, compartimos saludos, hablamos de lo que nos importa. Trabajamos duro, en comunidad y corresponsabilidad.

En te ao Māori (el mundo Māori) tenemos una serie de valores innatos a nuestra cultura. Entre ellos está el de kotahitanga: la unidad. Cuando hacemos wānanga —cuando nos reunimos kanohi-ki-te-kanohi (cara a cara) para conversar, aprender y enseñar— no lo hacemos solo porque sea la forma más sencilla de compartir mātauranga (conocimiento), lo hacemos porque estar juntas y juntos, físicamente, es la base para construir sentido de comunidad, para construir kotahitanga. Estar cerca de tu gente, ya sea para compartir ideas, reír a carcajadas o simplemente comer mole, es lo que nos recuerda nuestro propósito. Hacemos este trabajo por nuestras familias, así que tenemos que pasar tiempo con ellas.

Para cerrar esta reflexión, quiero volver al inicio: preguntándome por qué me sentí más cerca de casa, a pesar de estar más lejos que en meses. Bueno, crecí rodeado de mujeres indígenas fuertes, sofisticadas y tercas. Mi familia Māori es indiscutiblemente matriarcal. Mis mayores heroínas son las mujeres de mi familia. Así que, cuando pienso en los días que pasé en Tenango: rodeado de mujeres originarias y rurales, trabajando con un equipo de personas totalmente comprometidas en apoyarlas, y movidos por la misma pasión por el kotahitanga que me acompaña desde niño, la respuesta es clara. Estaba menos nostálgico porque, en todos los sentidos no físicos, estaba más cerca de casa. Más cerca de una causa en la que creo. Más cerca de la comunidad.

*El equipo de PSYDEH que trabajó en el Encuentro incluyó a:

  • Jorge Echeverría
  • Hannah Swenson
  • Gibrán Gómez
  • Katie Freund
  • Gisela Bértora
  • Leslie Pérez
  • Kell Aponte
  • Massimo Campagna
  • Aislinn Belmán

 

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